jueves, 5 de marzo de 2009

Durante siglos, la humanidad ha acariciado dos sueños: el de la «piedra filosofal», con la que se podría fabricar oro, y el del «elixir de larga vida», destinado a garantizar la eterna juventud.

A comienzos de la Edad Moderna se añadió un tercer sueño a los dos primeros: el del «movimiento perpetuo», o, dicho en latín, perpetuum mobile; es decir, una máquina, un sistema, capaz de producir trabajo (o sea, energía) sin absorberla.

Leonardo da Vinci (1452 - 1519), quien, como se sabe, no sólo era un gran pintor, sino también un ilustre científico y gran inventor, fue el primero en intentar construir un sistema que lograra realizar tales aspiraciones, y probablemente no hay ingeniero, que en su juventud no haya tratado de crear, a su vez, un perpetuum mobile.

Todas estas invenciones o mecanismos (sean de un genio como Leonardo o de un estudiante de Escuela Superior con afición por la mecánica) tienen tres características comunes: todas son terriblemente complicadas, razón por la que nunca se llega a comprender de qué se trata con exactitud; los únicos entusiastas convencidos de la utilidad de estos ingenios son sus constructores; y, por último, tales mecanismos prodigiosos no funcionan, o al menos, no funcionan bien del todo.

A decir verdad, no pueden funcionar, lo que hoy se sabe ya con toda seguridad; y tanto es así, que las oficinas de patentes rechazan, sin ni siquiera examinarlos, todos los inventos relacionados con el movimiento perpetuo.

¡Energía de la nada!

¿Acaso hace falta explicar por qué esta idea ha atraído tanto la fantasía humana? i Sería un invento extraordinario! Una maquina que sin gasolina, sin electricidad, sin que se le suministre energía, no sólo funcione, sino que también produzca energía; o, dicho de otro modo, ¡crear energía de la nada!

Y así como la piedra filosofal significaba la riqueza sin límites y el elixir de larga vida una salud perfecta, así el perpetuum mobile aseguraría una potencia ilimitada e infinitas posibilidades de hacer la existencia más cómoda y placentera. Y esto porque todo lo que acaece en el mundo requiere un empleo de energía.

Nada, absolutamente nada, ocurre en el mundo material sin la intervención de la energía. La energía física produce ciertos efectos sensibles.

A la energía se debe el que, en nuestro cerebro, unas oscilaciones casi imperceptibles de potencial eléctrico de las células nerviosas señalen el ritmo de nuestra actividad cerebral.

También obedece a un efecto energético el que un huracán azote vastas regiones, que una leve brisa arrastre un grano de polen o que unos solidísimos diques cedan a la presión de un río desbordado; se debe a la energía, en fin, el que un leve murmullo llegue al oído. Cuanto mayor es la energía transformada en el proceso, mayores resultan los efectos producidos. Y este principio no sólo es válido para la naturaleza, sino también para la tecnología creada por el hombre.


jueves, 26 de febrero de 2009

Exemple de movil perpetu.
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jueves, 12 de febrero de 2009